Angel Garraza: ‘Los frutos del humo’

Por MJ. Sarmiento • 30 de abril, 2008 • Tema: Exposiciones

Exposición: Sala Luzán de Zaragoza
30 de abril al 29 de mayo de 2008. Inauguración 30 de abril a las 20 horas

“En el transcurrir del tiempo suceden acontecimientos que determinan nuestra existencia, pequeñas o grandes historias que desencadenan posibles temas de reflexión, que en ocasiones se materializan en una serie de obras, en las cuales intento dar respuesta a estas cuestiones personales pero sin ánimo autobiográfico, en cierta manera se trataría de hablar de lo personal en clave universal. Desdibujo los perfiles para que el objeto se sitúe en un punto extraño, ambiguo, desprovisto de reconocimientos tácitos. Prefiero realizar un ejercicio de cierta contención emocional, una cierta distancia que me permita desarrollar mis propuestas en un territorio interpretativo de claves y sugerencias”. (Angel Garraza)

\"Los frutos del Humo, Angel Garraza\"

Los frutos del humo, 2007-2008 gres chamotado / Caleidoscopías, 2007 loza

  • (flirck/artceramics) Exposición, acceso a más imágenes (cortesía del artista):
    LOS FRUTOS DEL HUMO

Texto catálogo:
Garder Reguera

Somos lo que somos

La escultura es, sin duda, el género creativo con una mayor relación con la historia del ser humano, más bien, con la historia de la relación del animal-humano con su entorno natural. De hecho, toda la historia de la escultura puede ser vista, en cierto sentido, como una afirmación del hombre como parte del todo-natural. Frente al sesgo virtual de otros modos de crear como la literatura o la música –inmaterialidad pura-, la pintura –hace mucho tiempo ya emancipada de la búsqueda manual del pigmento- o los recientes campos de la fotografía, el cine y video o las nuevas tecnologías, la escultura mantiene, y mantendrá siempre, en su misma base una metáfora sobre la relación del hombre con la naturaleza a través de la tierra, las maderas y los metales, elementos naturales con los que el escultor juega, crea y se recrea. Esta relación es a su vez una reflexión sobre el tiempo. El tiempo del hombre –mudable, cambiante, lineal y, final en inevitablemente, mortal- se enfrenta en la escultura al tiempo de la naturaleza –cíclico, constante, eterno-. Del anhelo del ser humano de hacer suyo el tiempo natural, de sus ansias de inmortalidad y trascendencia, surgió el sentimiento religioso –distinto, empero, de las religiones- y, con él, con la urgente necesidad de trascendencia, de ser algo más, la escultura. El hombre ansiaba ser como la naturaleza porque soñaba -y sueña aún-, en el invierno de su vida, con el regreso de la primavera.

De este sueño de restablecer las reglas del juego de la vida, de reformular el tiempo humano, nacieron los hombres de barro seco, de madera y de piedra, hombres en los que el tiempo se detenía, hombres que alcanzaban la inmutabilidad e inmortalidad presupuesta sólo para los dioses. La escultura, en este sentido, era una rebelión contra la decrepitud del propio cuerpo, contra el destino mortal del ser humano, ese que, en palabras de Jean Amery, “anula el sentido de cualquier razón”(1). Y a buena fe que lo consiguieron. Desde las primeras Venus prehistóricas, hasta los líderes comunistas de la URSS, pasando por Ramsés, Jesucristo o David, quien ha devenido piedra, ha vencido al tiempo. La grandeza del faraón o el dolor de Cristo no se circunscriben a su momento, sino que recorren toda la Historia de la humanidad.

El tiempo es precisamente la clave fundamental de los trabajos de Ángel Garraza (Allo, Navarra, 1950). El tiempo, sí, pero en clave individual, esto es, el tiempo encarnado en memoria, en recuerdo, en eso que llamamos pasado y que no es otra cosa sino lo que realmente somos, el camino recorrido hasta llegar a donde ahora estamos. “Los frutos del humo” (2007-08), pieza que da título a la muestra que ahora nos ocupa, representa una misma estructura, que recuerda a un cerebro, sometida gradualmente a una serie de cambios. Es, pues, una metáfora del tiempo, que no es sino cambio, en la que lo humano –representado por la forma cerebral de las piezas que componen la serie-, está sometido a una suerte de tiempo natural, atravesando una serie de estadios de evolución que van desde el florecimiento hasta la caída de las hojas, pasando por el cambio de color de las mismas, que surgen paulatinamente en cada pieza. Vemos, pues, que como en los calendarios medievales que ilustran los pórticos de las iglesias, el tiempo en esta pieza está representado a través de una imagen natural, es el tiempo de la cosecha, de la madre tierra, pero hecho tiempo del hombre. Quizá por ello, por ese carácter fundamentalmente humano, tenga sentido en la serie “Los frutos del humo” una pieza de cierre, esto es, de conclusión, que impide el resurgimiento del ciclo. Hablamos de la pieza de pared en la que las hojas aparecen dispuestas sobre la superficie al estilo de hojas caídas de un árbol. Ésta pieza es, a nuestro parecer, una representación del punto final de un proceso concluso, que, sin esperanza para un eterno retorno del estilo del ansiado por Nietzsche, resulta una imagen de la vida humana cuando es contemplada en conjunto, una imagen del tiempo detenido –el pasado visto desde el presente-, sin lugar para el resurgimiento, el renacimiento, para el volver a ser. Tiempo muerto, pues, imagen del paréntesis de ser que supone el ser humano en la inmensidad constante de la nada El hombre, en palabras de E. M. Cioran, “el camino más corto entre la vida y la muerte”(2). Un momento, un suspiro… y nada más.

La metáfora sobre el tiempo humano y, por tanto, sobre la muerte, que se sirve en “Los frutos del humo”, se refuerza con las series “Caleidoscopías” (2007). En éstas, Garraza ofrece una suerte de recreaciones de elementos con una fuerte carga representativa, como casas, penes, perfiles de rostros, cruces, corazones, labios, botas o relojes de arena, que combina, en una de las series, con una pieza que se repite y que representa el cortex de un cerebro, y en otra, entre sí formando una presentación elíptica y dos lineales. En la primera de las series, cada una de las piezas de corte pictográfico, como decimos, está combinada con otra que representa un cerebro, sino machihembrando, sí al menos penetrando una pieza a la otra, deviniendo una sola entidad. Este gesto de penetración es, sin duda, una reflexión sobre la identidad personal en la que determinados elementos externos pasan a formar parte del conjunto que forma el yo, en la medida en que se vinculan a lo que soy, algo que también vemos en la serie “Recorriendo recuerdos” (2004), en la que el camino transitado deviene memoria y, de ese modo, pasa a formar parte del yo.

Así, en “Caleidoscopías” nos encontramos en conjunto con múltiples piezas esparcidas por pared y suelo que viene a ser una imagen poética de la memoria, representada por los elementos que van sumándose paulatinamente a la identidad personal a través del tiempo; recuerdos dispersos que a poca distancia reclaman su individualidad, pero en la lejanía ofrecen una imagen conjunta sin duda homogénea y cabal. He aquí, pues, que de nuevo nos encontramos con una reflexión del tiempo humano. Por un lado, en el sentido de camino recorrido, de suma y cambio del yo, de lo que somos, a través de la relación extendida en el tiempo con el entorno. Por otro lado, la metáfora ilustra la condición de accidentalidad del yo, en la medida en que sólo la distancia –el tiempo transcurrido-, dota de coherencia a un relato que en el momento de ser vivido carece de la misma, ofreciéndose como una serie de hechos aislados sin relación entre sí. En este sentido, en ocasiones nuestra propia existencia, nuestra vida, se nos antoja como un mero cúmulo de casualidades, fruto de la accidentalidad y sin presencia ninguna de necesidad. Bien podría haber sido mi vida completamente distinta, nos decimos, y pensamos si algo nacido de la casualidad puede tener sentido. Igualmente, en esta serie de Garraza el espectador navega entre los polos opuestos de la accidentalidad y la necesidad, debido al carácter combinatorio de la serie –algo recurrente en la obra de este artista-(3). Quizá por ello, el Catedrático de Estética de la Universidad de Valencia, Román de la Calle, señaló en su momento la “virtual posibilidad de que la propia obra (de Garraza) se prolongue y crezca, de manera indeterminada” a través de la adición a las series de “objetos de la misma familia, o multiplicando la complejidad rítmica de las alternantes preferencias cromáticas de dichos elementos compositivos”(4). En las palabras de De la Calle, como vemos, se señala la fundamental alegoría de la relación del ser con el tiempo que está presente en las piezas de Garraza. De la combinatoria de objetos surge una pieza que bien pudiera haber sido distinta, pero que es esa y no otra, aún cuando en su misma disposición formal se deja abierta la puerta a la reflexión sobre la otredad. Como sucede con nuestro yo, la accidentalidad deviene necesidad. Pudimos ser otra cosa, pero somos lo que somos. Yo soy el que soy, tal y como Dios dice a Moisés en el Éxodo, y no otro.
Esta misma sensación de múltiples potencialidades presentes en lo que de hecho es, se transmite también en la segunda de las series que componen “Caleidoscopías”, en las que las mismas piezas pictográficas se presentan aisladamente –ya sin su combinación con el cortex- formando, por un lado, una elipse en el suelo y, por otro, dos paneles de pared en los que los elementos se presentan de manera lineal. He aquí de nuevo, una reflexión en torno al hecho de la memoria, donde dependiendo de la disposición de los recuerdos obtenemos lecturas contrapuestas. La elipse inspira movimiento: vida. En contraste, la disposición lineal de los objetos da una lectura ordenada, coherente, del recuerdo, del relato a posteriori que toda vida es: biografía.
La crítica de arte Alicia Fernández apuntó, con razón, que “visto en su conjunto, el trabajo de Garraza es un empeño por transformar las ideas en formas”(5). En lo referente a la exposición a la que ahora asistimos, estas ideas son de corte sentimental, ideas surgidas de la vivencia, tamizada por el recuerdo, la memoria. No pensamos en abstracto, no somos ni dioses de la razón, ni hijos de ella. Somos la tierra que pisamos, el aire que respiramos, los objetos que nos rodean y con los que nos relacionamos. Somos labios, somos pene, somos hogar y rostro. Somos botas, cruz, corazón. Más bien: somos el modo en que pensamos la tierra que pisamos, el modo en que vemos y del que hablamos de los labios que besamos, la cruz que arrastramos, la casa que habitamos. Somos lo que somos y cómo nos narramos. Somos ser, palabra e imagen.


(1)“Revuelta y resignación. Acerca del envejecer”, Jean Amery, p. 31. Pretextos, Valencia, 2001.
(2)“El ocaso del pensamiento”,E. M. Cioran, p. 109. Tusquets, Barcelona, 2000.
(3)Para Antonio Garrido Moreno en la obra de Garraza surge un “discurso del que surge la paradoja, la comparación, el contrapunto, los opuestos, la igualdad o la diferencia, la idea, el diálogo con el espacio, el poema visual”. En “Reflejos sojelfeR”, texto incluido en el catálogo de la exposición del artista realizada en la Capela Santa María de Lugo en 2001
(4) “Los rincones del horno”, Román de la Calle, en el catálogo de la exposición del artista realizado con motivo de su exposición en el Keramikmuseum-Westerwald entre octubre y noviembre de 2000.
(5) “Poemas formales”, Alicia Fernández, en el catálogo de la exposición retrospectiva sobre la obra del artista que el Aula de Cultura de la BBK, Bilbao, realizó en 2006.

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